CREATURAS DEL ABISMO, 5 RELATOS...
 
CREATURAS DEL ABISMO, 5 RELATOS...
CREATURAS DEL ABISMO, 5 RELATOS...
 
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Pegados akí abajo, relatos extraídos de Creaturas del Abismo: Alfonso Franco, Gerardo Horacio Porcayo, H. Pascal, Carlo López y Olash Quintanar, con sus respectivas referencias y muñekitos ;). En seguida, el índice de este libro, y hasta abajo, para no kitarlos, porke están muy chingones, pegados también a lo bestia, muchos poemas --hermosos, extraños, distintos-- de Gilberto Owen, incluso "El infierno perdido"...
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Alfonso Franco, uno de los autores más talentosos de su generación, explorador de mundos imposibles, ha dado a la luz editorial la plaquette La última puerta del infierno y la novela La sangre del Consuelo.
Alfonso ha logrado lo que pocos narradores de las últimas décadas en lengua castellana pudieran alcanzar: una renovación de los géneros, desde el relato cyberpunk hasta la fantasía oscura, pasando por la ficción erótica y el cuento fantástico.
Presentamos dos relatos inéditos de él que nos muestran todo el oscuro, y al tiempo brillante, poder de sus imaginarios irredentos, uno dedicado al tema de los ángeles, otro al del cruce de realidades fantásticas, virtuales y eróticas.
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BEBER DE UN ÁNGEL

Su memoria está compuesta por fragmentos
de existencia, estáticos y eternos...
Ernesto Sábato. Sobre héroes y tumbas.

Un lecho de plumas, blancas, suaves, tatuadas con la historia de mil siglos, con las vidas de generaciones enteras. Con millones de oraciones.
Su cabello estaba revuelto, casi negro, impregnado con el olor que debían tener todas las cosas, el día de la creación.
Démian puso su rostro frente al de ella. Era hermosa. Nunca pudo ver sus ojos, ella siempre los mantuvo cerrados, pero él los imaginaba en blanco, muertos, como los de un ciego. La rectitud de la nariz femenina era como una cuesta mortal. Él jamás imaginó que un ser así necesitara respirar.
Adentro y afuera, el pecho desnudo bajando y subiendo, metiendo y sacando algo que no era aire, sino eternidad. Démian acercó su boca a la nariz de ella, para beber un poco de la esencia sobrenatural que mantiene vivos a los ángeles.
Lo que él obtuvo fueron visiones, imágenes de almas respiradas, almas que se fueron, pero que algo dejaron en los pulmones divinos de quienes las llevaron rumbo a un infierno particular.
El sueño comenzó a vestirse en la incoherencia, arrastrando los recuerdos de Démian, confundiendo la vida de él con la de alguien más. Las alucinaciones se transformaban en otra cosa, en un casco de plomo relleno de pólvora. Más que una punta asesina. Una bala. Un destino...

El cargador estaba casi vacío y aún había muchos enemigos que matar.
Demasiado odio guardado en las entrañas. Casi un niño y más muertes encima de las que cualquiera puede cargar.
Era pequeño, alrededor de los doce. Un muerto por cualquier tontería; un paso al infierno con cada disparo.
Compró la pistola con el mismo tipo que vendía la droga afuera de la secundaria; fue fácil, fue barato; por lo menos no tan caro.
—¡Bang! ¡Bang! —sonó la pistola al asesinar a un par de latas de refresco.
—Bang, bang —contestó el niño, mientras aspiraba el olor a pólvora en el aire.
El infante vivía en un lote baldío, junto con otros niños de la calle. Él era superior, él tenía el poder de las balas, la velocidad de un fogonazo, la valentía para jalar el gatillo y violar la carne de cualquiera. Tenía voces en su cabeza.
—Bang, dispárale, mátalo —decía la voz, dulce, como el consejo de una madre, igual que el canto de un pájaro de metal. —Corre, nadie puede hacerte nada, me tienes a mí, yo te hago fuerte.
Cada día había una nueva dotación de balas, cada noche una nueva esquina, una improvisación que hacía las veces de cama. Nunca un techo.
Siempre correr, escapar de los muertos que él mismo sembraba. Ella era su única amiga; celosa, temperamental, con el estómago lleno de fuego y muerte acerada.
Hubo muchos, demasiado olor a pólvora, ninguno importaba; ni siquiera el último. Ni siquiera él.
—Bang, acércame a tu oído y te diré un secreto. Jala el gatillo y te cuidaré por siempre. Te contaré otras historias...

Todo pasó en un instante, al tragar el licor desprendido de la respiración angelical. Démian continuó explorando la anatomía del ser celeste, que se le ofrecía como un territorio virgen y tentador.
Un poco más abajo.
Démian no tuvo que ir muy lejos para toparse con los labios, la boca entre abierta, el aliento con un profundo y agradable olor a viejo.
Démian acercó su mano a los labios, los penetro con uno de sus dedos: frío seco, soledad, palabras de sabiduría.
La boca de él sustituyó a sus dedos.
Un beso. Más destino...

—Dios... —dijo una voz incierta. Démian sabía que era de ella...

Una profunda paz amodorró el corazón de Démian. Era extraño, era como sentir que el mundo enmudecía, como presenciar el Big-bang, y aún así sentirse vacío.
De nuevo todo fue efímero. Démian volvió a hallarse sobre el mullido colchón de plumas, en compañía de aquel ser muerto, al menos no vivo, pero cálido y palpable.
Démian se recostó sobre el cuerpo de su compañera, su cabeza estaba junto a la de ella; entonces, un ruido comenzó a llegar hasta los tímpanos de él, como una frecuencia de radio que se cuela en cualquier parte.
El sonido era espantoso, cacofónico. Perfecto. De inmediato Démian trató de taparse los oídos, pero nada, el sonido aumentaba de volumen a cada instante.
Era insoportable, eran lamentos, maldiciones, juramentos en vano, gritos pidiendo misericordia, llanto que alzaba las manos clamando por ayuda. Eran voces en la cabeza de un ángel.
Cómo vivir con eso.
Démian trató de hacer callar al dolor; todo era inútil, la desesperación de los gritos lo llenaba, lo contagiaba de desesperanza y odio. Todo era inútil.
—¡Cállate, cállate! —gritaba Démian al tiempo que golpeaba en el pecho de su acompañante — ¡¡Cállense!! —aulló, finalmente en la oreja femenina.
Espíritus salieron de los oídos de ella, almas rotas que tomaron a Démian por la cabeza, y lo obligaron a acercarse hasta las orejas de la chica, de donde un líquido blanquizco comenzó a brotar. Ya no había vuelta a atrás en la bacanal angélica.
Démian fue obligado a libar el fluido que salía de la cabeza celestial; fue entonces cuando las alucinaciones regresaron.

Había una televisión frente a Démian; un niño moreno y raquítico moría de hambre en el cinescopio, entre decenas de moscas que se paraban, alternativamente, en la cara de él y en la de su madre, muerta a un lado. La escena cambió a una calle oscura: una mujer corría, perseguida por un hombre; el sujeto alcanzó a la mujer, la golpeó, la tiró al suelo y la ultrajó con lujo de violencia, mientras una niña era atropellada en la acera de enfrente. Un adolescente se arrojaba de un edificio. Una jovencita de doce años quedó embarazada de su padre. Un anciano pedía eutanasia.
Luego de un rato de imágenes atroces, el televisor quedó mudo y ciego, Démian envejecido, lleno de moscas, con las manos empapadas de sangre...

Las voces callaron, la mente de Démian regresó a la cama, junto a la mujer de los ojos cerrados, al lecho de plumas.
Hacer el mapa del cuerpo de un ángel, investigar los abismos en que cae la eternidad, explorar las simas en donde la humanidad busca refugio, las fuentes de donde brotan las palabras de Dios, y beber de ellas.
Una misión difícil. Una misión cara. Démian estaba dispuesto a pagar.
El cuerpo del ángel continuaba quieto, como catatónico, en medio de un sueño de mortalidad del que se sabía invulnerable.
Démian continuó su camino, avanzó por el cuello, por la piel blanca de los senos, saltó las glorietas de carne, efímera y rosada, que coronaban los pechos perfectos; bajó por el abdomen, encontró otra fuente, pero no se atrevió a beber.
—Deja que pase de mi esta copa. Por lo menos durante un instante.
Y pasó.
Démian siguió bajando, ignoró, de momento, la abertura lampiña que se abría entre las piernas de la mujer dormida, para meter sus dedos más atrás, buscando el abismo más lejano y estrecho del cuerpo femenino. Sólo encontró una superficie lisa y suave entre el par hemisferios de algodón que remataban la espalda del ángel.
“No hay salida”.
Regresó adelante, donde la virginidad angelical esperaba ser hurgada, donde el líquido naciente era el más delicioso y caro, donde la vida escondía sus secretos.
Démian acercó su cara a la vulva de ella, y bebió, hasta la saciedad, del jugo exótico con sabor a vida.

Paz, destino estirado hasta el límite, luz. Un milagro.
Energía vital, pura, tan intensa como el sabor salado del mar, tan inalcanzable como un sueño. Démian quedó embelesado con en néctar alcalino que manchaba la vulva del ángel. La materia de la que están hechas las almas.
Entonces, Démian se encontró flotando en un vacío iluminado por millones de estrellas; un par de alas colgaban de su espalda, estaba desnudo, y frente a él, apareció la chica alada que en el tiempo real reposaba en la cama de plumas, con lo ojos cerrados y el cuerpo desnudo, blanco, hermoso hasta el punto máximo, nadando en la ingravidez divina, que hacía de los pechos dos soles gemelos y flotantes; guardianes de mundos llenos de vida.
—Vida.
—¿La mía? —contestó Démian.
—No importa —dijo el ángel, mientras flotaba hacia él con los brazos extendidos.
Un eclipse se logró cuando el cuerpo mortal de Démian se unió al del ángel; un gritó de placer furioso provocó el parpadeo de las estrellas. La puerta de la casa de los ángeles encontró una llave.
El cuerpo del ángel subía y bajaba, dejando libre y tragándose de nuevo la carne mortal, causante de espasmos destructores de galaxias entre las piernas.
El máximo placer, la mayor sabiduría. Todo depende del observador. Para un ángel, algo que nunca, en la eternidad, volvería a sentir; algo que nunca sintió. Para Démian, la sabiduría alcanzada en el clímax final.
Y luego, el vacío, el despertar después de pasar el trago...

Sólo un punto más, la última parada, el último hueco permitido en el cuerpo de un ángel.
Démian dejó la entrepierna y subió hasta el abdomen; ahí estaba, pequeño y profundo. Mortal.
—Sólo déjame ver tus ojos, no pido más.
—Ya has bebido suficiente.
—Entonces dime qué hay, qué has visto.
—Lo he visto a Él.
El ombligo de ella se inundó con agua fresca. Démian bebió.
Un alma nueva...
Sólo uno permaneció en la cama, sólo un ángel con los ojos abiertos. Nada más.
Se quedó ahí unos minutos, contemplando el techo, luego suspiró y se levantó. Se fue, llevando en la espalda el colchón de plumas, cargando en el vientre un alma para reciclar. Para poner otra escena en un televisor que jamás nadie vería.
Licor de ángel, sangre de hombre: de eso está hecho el amor.

Fundador del Cyberpunk en Iberoamérica, uno de los fundadores del neogótico mexicano, Gerardo H. Porcayo es, sin duda, uno de los mejores escritores de literatura génerica en lengua castellana de los últimos cincuenta años.
Gerardo ha experimentado con la novela policiaca, con la narrativa más oscura, es el autor de una verdadera obra de arte llamada La Primera calle de la Soledad, la única novela cyberpunk latinoamericana, es, además, ganador de varios premios internacionales, Porcayo es un nombre
que no podrán olvidar fácilmente.
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MURCIÉLAGOS COMO MARIPOSAS

El horror debía estar a mis pies. Más allá del borde oscuro de piedra, argamasa y humus. En el fondo de la tumba.
No alrededor. No rodeándonos y creciendo con pasmosa rapidez.
William dejó que la pala resbalara de sus manos. Altea disimuló los cirios entre su largo abrigo. Los demás abandonaron las posturas solemnes y también giraron las cabezas. En sus ojos un leve destello hablaba de sus sentimientos.
—William —y lo sacudí por el hombro. Era uno de los más afectados, pese a ser Altea quien compartiera sus últimos instantes, se había negado a que ella u otro bajara las cenizas al fondo de esa imponente cripta de paredes nulas, de arcos de medio punto y bóveda avejentada que gravitaba con frágil equilibrio sobre nosotros.
—Walpurgis Nacht! —gritó uno de los recién llegados, en tono devoto, triunfal.
—Walpurgis Nacht! —corearon los demás con solemnidad, a trescientos sesenta grados. Iban vestidos de negro. Sus caras blancas, algunos mostrando colmillos, otros sólo labios tan rojos como una herida.
No habían llegado en auto. En ningún transporte audible.
Eran más de treinta. Nosotros apenas cinco.
—¿Oyes lo mismo que yo? —preguntó William en completa confusión.
—Sí. Tranquilo —susurré.
—Una secta... Lo sabía... lo sabía...
Apreté aún más fuerte su hombro y lo obligué a guardar silencio, a darles la cara.
Mi vista fija en los ojos de Ianthe. Su cabeza echada hacia atrás. La nariz respingada, de aletas en rápido latir. Su boca a punto de soltarlo todo.
Parecía experimentar lo mismo que yo.
La comitiva siguió avanzando. Sus ojos eran negros, demasiados reflejos empezaron a surgir en ellos cuando iniciaron el encendido de sus ceras.
No eran velas comunes. Todas hechas a mano. Todas con forma humana.
—Walpurgis Nacht! —repitieron los advenedizos, como si fuera una oración. Quizás para ellos lo era.
Atravesaron nuestras filas con soltura, con diestros contorneos de sus hombros. Algunos apartaban los restos de las ovejas que recién termináramos de sacrificar, para hacer espacio a su tributo de fuego. Otros se postraban frente a la estatua amorfa que fuera el fugaz sudario de nuestro maestro.
Parecían conocer los detalles de su muerte. Parecían conocer más.
Y nos estábamos quedando sin espacio. Sin oscuridad.
Abraham crispó los puños, la mandíbula, luego, con un bufido, salió del círculo y recargó la espalda contra una de las columnas. Altea lo imitó, su cara había pasado de la sorpresa a la indignación.
Ianthe me miró a los ojos. Otra vez coincidíamos. Traté de arrastrar conmigo a William. Su pupilas encarnaban venganzas cuando se alejó a buscar el otro pilar.
Ianthe y yo abandonamos la bóveda por el este. Nos sentamos a prudente distancia. Más que testigos. Menos que actantes. Los años de distancia nos habían hecho más hoscos. Menos compatibles a nivel grupal... Años sin vernos... Y ahora esto.
En semicírculos concéntricos situaron los cirios. En el estrecho pasillo que fueron conformando quedaban marcados sus caminares sobre esa tierra recién bañada en sangre ovina.
Luego se hincaron a cierta distancia, en lo que hubiera sido la entrada principal a aquel mausoleo.
Entonces llegó la otra parte del rito. Uno de los jefes se acercó al borde del foso y arrojó un dije. Una estrella de cinco puntas.
Después otro. Y otro.
Las ofrendas distintas. Dispares... Ni una sola rosa. Ni una sola gota de sangre. Sólo basura. Porquerías metálicas...
Abraham no pudo más.
—Esto es un atropello —gritó. Su cara trasmutada por la furia.
El jefe de los advenedizos, que había permanecido de pie, lo palmeó en la espalda.
—También fuimos invitados, no hagas dramas... —y le mostró un pergamino. El sello era identificable, real aún a esa distancia.
La cara de Abraham volvió a cambiar. Estaba estupefacto. Aún más que cuando supimos de esa muerte. De los motivos y condiciones suicidas en que todo se desarrollara. Mantuvo el papel frente a sus ojos, pero estos veían hacia otra parte... Hacia adentro.
—No es posible... No... No... —lloriqueó William y se dejó resbalar hasta el piso—. Nos traicionó...
Altea escupió, giró sobre sus talones y sin dejar de maldecir por lo bajo se alejó rumbo al oeste.
—¿No vamos a hacer nada? —aulló Abraham, arrugando al fin la invitación— ¿Y dónde está esa perra?
Muy en el fondo ese sentimiento también me invadía. Pero de modo distinto.
Nos estaban robando la ceremonia... Y eso bastaba.
—¿Pero qué les pasa? —dijo Ianthe.
—No se han dado cuenta...
—¿Cómo es posible?... ¿Y dónde está esa maldita perra? —sacó un cigarro. Empezó a fumarlo con rapidez. Con desesperación.
Me había olvidado de la perra. La perra tenía un nombre. Una culpa, demasiado herética y vil para que la siguiera teniendo en la memoria, pero, en ese instante, también empecé a buscar en el horizonte a ese fallido amor de mi maestro.
Los advenedizos, los invasores, acabaron esa despedida. Comenzaron a sacar instrumentos. Violín, guitarras, cellos, contrabajos.
Abraham abandonó su columna, arrastró consigo a William. Y se plantó frente a nosotros.
—Sé que son demasiados... Sé que no es propio... Pero... Pero esto es el colmo... —dijo y como remate a su perorata la melodía de esa mal acoplada orquesta de cuerdas arrancó.
No era música clásica. Eran discípulos de Apocalíptica. Un violín mal pulsado, solista y muy dulce destacaba.
—Los sacrificios estuvieron bien... Sé que hay caprichos funerarios, pero esto... se me escapa —soltó al fin Ianthe, matando la colilla contra una roca.
A mí me sucedía lo mismo. Demasiado folclor para un adiós...
Mis pensamientos fueron interrumpidos en ese instante. Un cántico dulce empezó a distinguirse hacia el oeste, a crecer con rapidéz.
Dulzura atroz. Abigarrada y abyecta. Los músicos perdieron notas, la concentración. Aquel canto de sirena se sumaba al violín, lo condujo por otros rumbos. Luego se unieron los otros instrumentos hasta coincidir en esa retorcida sinfonía. Hasta hacerlos incorporarse y atisbar con atención hacia el oeste.
Entonces pudimos verla nosotros. Una silueta desastrosa. La punta de sus pies apenas besando la tierra. El vestido inflado por el viento de avance. Los cabellos estropajosos. Tan llenos de sangre como el tejido de sus harapos. Y la boca abierta en ese cántico que parecía a punto de desgarrar las cuerdas vocales.
No era todo. Algo la seguía y orbitaba. Una suerte de enjambre de moscas.
Agucé los sentidos. Sé que todos los hicimos.
—Es ella —dijo Abraham.
—Ni en mil siglos podría ser Altea —replicó William, al fin atento.
La mujer cruzó el umbral del mausoleo. Y extendió los brazos. Los zarcillos de sus ojos.
Los músicos interrumpieron todo intento, soltaron los instrumentos y al unísono se abalanzaron sobre la mujer. Manos ansiosas. Bocas esgrimiendo obscenidades. Sexos expuestos en pases mágicos...
—Son humanos —se sorprendió William.
Torcí una sonrisa por toda respuesta.
—Pero el olor —se aunó Abraham en la sorpresa externada.
—Sangre de sacrificio, humus, velas... Y ustedes tan distraídos... De cualquier manera es exagerada tamaña confusión —apuntó Ianthe, sin dejar de arrojar humo.
La mujer empezó a perder tiras de tela, hasta quedar desnuda. Hasta mostrar los manchones añejos de otros cruores. Manchones que empezaron a ser sorbidos por bocas. A ser palpados con manos sudorosas.
El enjambre parecía emular la actividad pulmonar. Globo que se expande y se contrae al ritmo de esa orgía que iniciaba y cobraba ímpetu, pasión.
—Antes fueron mariposas —dijo Altea, llegando de improviso—. Y era verdad... Sé que nadie le creyó al maestro cuando hablaba de ella en sus mails... La encontré en el camino... Ida, como siempre... hasta que escuchó el violín... También así era cuando humana... Perdida en el más allá, linda, ajena, rodeada por mariposas... Lo volvió loco... Mientras todavía fue humana... después... —y en sus ojos asomaban temblorosas e incipientes gotas de carmín.
Ianthe encendió un nuevo cigarrillo con la colilla.
—Lo puro... lo perverso...
—Por eso el sobrenombre —concluyó Abraham, aún meditando los datos recién reunidos—. Una mezcla inexacta de referentes bibliográficos...
Pero yo no tenía ojos más que para aquel festín de lujuria, semen y sonidos guturales.
—Ella es la perra —entendió al fin William—. Su maldita perra... La... la… —y el viejo y humano tartamudeo volvió a dominarlo con mano de hierro.
—Remedios... —dije. Invasores e invasoras luchaban por espacios de piel, por un fragmento para satisfacer su deseo. Trataban de hacerla descender al piso, de hacerla yacer al fin. Una mujer consiguió subirse a su espalda. Abrió la boca con amplio gesto y clavó los falsos colmillos.
Uñas, navajas, otros caninos de cerámica se unieron. Sangre en crecendo.
En ese instante los murciélagos reaccionaron. Su ataque fue certero. Unívoco. Pequeñas dentelladas en narices, orejas, dedos y pezones.
Y el caos se agigantó.
Remedios respondió. Con cada una de sus armas nocturnas, respondió. Usó su sexo en un desenvolvimiento límite. Masa híbrida girando en cópula desquiciada. En spin semejante al de los electrones.
Sangre y placer. Hasta para nosotros.
Remedios perdió energía. O quizás sólo deseó caer. Descendieron con vértigo al interior de la fosa.
Sonidos líquidos. Un intermitente gemir. Orgasmo o agonía. Quizá ambos. En amalgama perfecta.
—Esto suena más a él... —dijo Ianthe. Y era verdad. Pero no lo suficiente.
Compartir apenas cinco lustros con él me habían hecho entender el porqué de su leyenda. Jamás me harían comprender esto.
Ese amor inaudito que lo contagiara de locura. Ese amor extremo. Incomprensible para su experiencia. Aún teniendo en cuentas esas palabras suyas.
—Tiempo suficiente para amar —me reveló en una ocasión—, eso escribió un gran autor de ciencia ficción apellidado Heinlein. Y esa era la única limitante para no encontrarlo, el lapso de caducidad del ser humano. Nosotros estamos más allá de eso... Tendríamos que ser capaces de descubrir el secreto alquímico de su materia...
Recuerdo que reí profundamente al mirar una adaptación cinematográfica de su historia.
Pero eso no fue extraño. Siempre ha gustado agigantar su propia historia, colar rumores... Ideas... La prueba viviente es Abraham.
—Pero suicidarse así... y por ella... —completó Abraham mis pensamientos.
Todos lo hacían. Mirábamos hacia el piso. Luego hacia el fondo de la fosa. Remedios se sacudía ligeramente, en los últimos espasmos de su no—vida. Los murciélagos parecían atados a ella. Algunos trataron de huir, batieron inútilmente las alas para luego volver a caer.
El tapiz de carnicería era basto. Remedios parecía perder su ventaja, el definitivo ergio de vigor. Ahora los últimos alientos se escaparon en un casi imperceptible crispamiento de sus uñas sobre las paredes terrosas.
Nada. Absolutamente nada más.
Recordé las ceremonias fúnebres de los aztecas. Aquellos sacrificios. Aquellas vituallas para el viaje al otro mundo.
Supe que nada había terminado.
Y casi en perfecta sincronización con el flujo de mis deducciones nos alcanzó el rumor. Leve, inaudible para casi cualquier vampiro. Para cualquier ser que camine este mundo. Pero conocíamos leyendas. Historias contadas por él. El sonido semejante que le ha dado el cine… Carne reconstruyéndose. Cenizas dejando de ser carbón.
Nos miramos a los ojos, con alivio...
—Maldito viejo... Volvió a fingir su muerte —dijo Abraham con sorna.
—Yo no diría fingir —Ianthe se quitó el cigarro de los labios. Miro la punta aún en combustión y lo arrojó a lo lejos.
—Hará falta ir por más sangre —sugirió William, con mucho más presencia de ánimo.
Esta vez oímos los pasos entre la espesura. Pasos humanos. Quizás otro pergamino con un nuevo sello de cera roja y una gran D mayúscula viajaba entre las manos del jefe. Quizás también portaban pupilentes cromados, falsos colmillos, ropas negras.
Quizás era otra cosa. Policías. Algún especial enemigo... Nuevos cazadores.
Ahora, la labor sería nuestra. Ahora que sabíamos sus razones.
—Algo aprendió de Houdini —comentó Altea, pero no sonreímos. No hacía falta. Ya no.
Ni por un momento dudamos de su cercana resurrección.

Para Bram Stocker a 90 años de su muerte.

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Pascal es, básicamente, escritor de fantasía, aunque tiene dos novelas de ciencia ficción y ha formado multitud de antologías de ficción oscura. Además, ha participado en la fundación y dirección de los dos proyectos editoriales bastante extraños: Azoth y Goliardos
Estambién fundador y director de los dos festivales internacionales de literatura fantástica que hay en México y una especie de orco goliárdico, de ángel gandalla que cree, que está seguro de quela vida, en realidad es un deseo, no un significado.
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PADRE E HIJO

Don Alonso Ossorio soltó la pala. La tierra removida se percibía bajo sus pies como una lengua obscena, húmeda. El olor a podrido, el viento seco. Don Alonso dudaba. El castillo de Arganza brillaba a lo lejos reflejando la sonrisa de la luna. Una sonrisa sin alegría. Una mueca desde el cielo. Dos hijos perdidos, dos únicos varones y la noche se burlaba de él. Tomó la pala y sumergió de nuevo el hierro entre el suelo. El sonido del metal contra el metal, atenuado por la tierra. Un temblor en las manos del viejo; un instante más de duda. Y siguió, descubriendo poco a poco el inmenso ataúd de hierro. Los signos árabes tachonando la tapa. Las cadenas que pretendían sumergir en la oscuridad eterna el cuerpo de su último hijo.
Tomó un afilado cincel y un pequeño marro. De rodillas sobre el féretro impactó las cadenas. El filo del cincel produjo chispas y se melló un poco. El sudor recorría los extremos de su frente, pero el viento seco le robaba toda humedad dejando sólo un rastro de sales y de mugre, trazos de tierra de panteón en su rostro. Sus manos volvieron a empuñar las herramientas y dio otro golpe. Dos, tres más. Las amarras de hierro cedieron. Su corazón golpeaba el pecho como si cincelara él mismo sobre la tapa de hierro de sus emociones. Un golpe, dos, diez mil. Su corazón como un caballo enloquecido. Su corazón como campana mellada llamando a una misa obscena. Una respuesta a lo lejos. El ataúd sonaba como si sus propios latidos estuvieran dentro, como si los sellos de su alma reventaran una y otra vez con cada pulsación. Se echó hacia atrás, sin poder gritar, sin poder apartar la vista. El cuerpo sólo una tabla que rebotaba en la tierra de la tumba.
La tapa del ataúd brincó moviendo la tierra suelta sobre sí. Luego se deslizó hacia un lado. Una mano casi blanca emergió. Un cuerpo oscuro. Un rostro ensangrentado.
—Padre—, dijo con su voz de tenebra Fernando de Ossorio, su hijo muerto entre los moros al luchar en Andalucía. Su único hijo vivo.
—Padre, tengo miedo...
Don Alonso no contestó.
—Padre, tengo frío...
El rostro de Fernando lo miraba desde sus cuencas vacías. Los moros lo habían cegado. Un tajo supurante atravesaba la garganta del joven guerrero. La oreja izquierda colgaba sostenida por sólo un hilo de piel.
—Padre, tengo hambre...
La boca de Fernando se abrió. Los labios destrozados se plegaron como una flor negra para mostrar el filo perfecto de unos colmillos, la mueca de ansia, de una avidez profunda, cruel, desesperada.
Don Alonso aferraba el marro, el cincel. Aferraba todo su amor y su asco en un último gesto. Se lanzó contra el cadáver de Fernando, contra su cuerpo sólo medio vivo. Con el marro le destrozo la cabeza, devolviéndolo a la profundidad del sepulcro. Tomó con los pulmones calcinados más de ese aire seco, más de esa humedad a tierra pútrida, y comenzó a golpear con el filo del cincel en esternón de Fernando mientras el cuerpo se estremecía con cada golpe.
—Hijo, hijo—, repetía, con cada impacto en los huesos, con cada pedazo de carne corrompida que cortaba el filo de su herramienta.
—Hijo, hijo—, decía con las lágrimas más secas, más desesperadas, mientras llegaba al fondo de aquel cuerpo por sus golpes y el dolor. El corazón, un pedazo negro de energía, palpitaba como si fuera un vómito vivo. Soltó el marro y con el filo mellado del cincel cortó las ligaduras para luego arrancarlo.
—Hijo, hijo—. Aún latía la víscera cuando la envolvió con su capa, para emprender el retorno hacia el castillo de Arganza.

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Carlos López es un filósofo innato, salvaje, y un lector voraz de poesía. No sigue consejos que contradigan su propia intuición, ese es uno de sus talentos para sobrevivir y crear. El otro, igualmente profundo, es el de mirar los temas clásicos, canónicos del terror, la ciencia ficción, el gótico y el humor negro, de una forma tan distinta que a veces parece reinventarlos.
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LAGAÑAS DE PERRO

La mañana despertó triste en Comaltepec. Las campanas anunciaron ansiosas que a las doce sería el evento. El pozole se sirvió temprano. El café y el aguardiente se habían dispuesto durante toda la noche. Las lloronas que no suelen marcharse nunca de los velorios, empezaron el último rosario, para después ir al panteón.
Una defunción en un pueblo siempre es como una fiesta, con la única diferencia que las risas son lágrimas. Pero todos se acercan a ver a la festejada y le hablan como en cualquier celebración.
Se terminó el rosario y el chaparrito de Mariano tomó una de las esquinas de la caja, al mismo tiempo que su amigo Ismael desequilibraba la carga con su altura. La tambora se adelantó a la comitiva y comenzó su réquiem coloquial -Dios nunca muere, su predilecta-. Detrás de la música iba la festejada en hombros de dos capitalinos desconocidos y de Mariano e Ismael. Eran escoltados por mujeres y hombres que lloraban tendidamente. El séquito crecía a medida que se acercaba al panteón. Los cohetes le dieron el último toque festivo al sepelio de Claudia.
Llegaron al cementerio y el padre Cortés rezó por última ocasión por el alma de la muerta, en un pueblo, el difunto está destinado a salvarse o salvarse.
—Mariano, ven-dijo al oído, apartándose del tumulto que comenzó a querer tocar por última vez el féretro.
—¿Qué?
—¿Supiste que la enterraron semi
desnuda?-inquirió Ismael esbozando una sonrisa voluptuosa.
—No mames, con los muertos no te metas.

Ismael siempre fue un admirador de las fabulosas nalgas de Claudia. La suerte nunca le favoreció, pero el muy cabrón intentaría algo aun estando Claudia muerta.
—¿Qué tiene de malo?-insistió Ismael.
—Malo nada, pero eso es una enfermedad, se llama ne...necrofi...
—¿Pues qué estás pensando?-interrumpió.
—Pues que quieres...
—¡Ah cabrón!, el enfermo eres tú—dijo Ismael tomando por el cuello al chaparrito, y le susurró —yo nada más quiero vérselas por última vez.
Cuando la caja estuvo bien ahogada de tierra, las cámaras reventaron en el cielo, y todos supieron que era hora de marcharse; algunos a descansar, otros a seguir llorando la pena y los menos a planear cómo verle las nalgas por última vez a la difunta.
Ismael sacó de la chistera sus obsesiones, y convenció a Mariano de que le ayudara a desenterrar el cuerpo antes de que se echara a perder, para así tocar y ver por primera y última vez el trasero de Claudia. «Nada más me imagino que está dormida», se decía Ismael para disipar cualquier intento de repulsión.
La cita fue a las doce de la noche en la barda trasera del cementerio. Ismael llegó media hora antes al encuentro. Iba bien preparado para la faena, llevaba una lámpara de pilas gordas, dos palas y un pico, envueltos en un petate dentro de un costal de maíz. Su atuendo era el de siempre, pantalón de mezclilla y camisa de algodón, de las que le compraba a las oaxaqueñas en el tianguis de los domingos.
Por su parte, Mariano fingió desacuerdo durante un buen rato, hasta que olvidándose de su actuación, aceptó. A él también le fascinaba Claudia; pero no al grado de llegar a las aberraciones de Ismael.
Cuando se encontraron, a las doce treinta, se saludaron, y sin decir palabra alguna, Mariano se inclinó para servirle de escalera a su larguchón amigo.
-Te subes en la barda, y luego te bajas como en el caballo, con tus pinches patotas no va a ser mucho el brinco.
Luego de asegurarse de que Ismael no se matara, Mariano empleó su extraordinaria habilidad, tomó carrera y de un sólo impulso se montó y desmontó de labarda.
Ismael, en lo que Mariano brincaba, puso unas piedras junto a la pared para que sirvieran de escalera, por si el velador, que tenía fama de noperdonar una, los descubría y se vieran con el menester de huir.
Ismael le dio unos golpecitos a la linterna y encendió. Desenvainó y repartió los instrumentos. Con toda la cautela del mundo y casi a gatas encontraron la tumba de Claudia.
El itinerario consistía en desenterrar a la difunta, acostarla en el petate, agasajarse un rato, devolverla y salir satisfechos del burdel.
Cavaron durante cinco minutos, hasta que apareció Cristo montado en la tapa del ataúd. Era una cruz dorada que le proporcionaba sobriedad al féretro negro. Sacaron la caja por la cabeza y la colocaron en posición paralela al sepulcro. Cuando intentaron abrirla, el seguro les pidió otro requisito.
Ismael tomó el pico con las dos manos. Lo dejó caer con todas su fuerzas y con los ojos cerrados. El impacto fue seco y casi imperceptible.
—Por poco ye te chingas al Cristo— dijo Mariano arrebatándole el pico a Ismael—. En serio que nos vamos a joder en el infierno; primero no dejamos descansar a los muertos y luego le andas dando en la madre a Diosito. Quítate— ordenó.
Mariano no cerró los ojos. El segundo golpe fue aparatoso, como una línea muy fina de ruido que salió despavorida por todos lados. Abrieron y encontraron a una Claudia muy hermosa, en verdad parecía que estaba dormida.
—¿Habrá pasado frío?, sólo a sus papás se les ocurre enterrarla con calzoncito y sostén, que porque así se murió— dijo Ismael a un Mariano que estaba
olfateando otros ruidos, como el andar del perro del velador que se dirigía hacia ellos.
—Cállate— dijo Mariano y jaló a Ismael del hombro-. Lárgate cabrón, aquí no hay nada- le ordenó al perro con susurros.
En respuesta, el sabueso comenzó a ladrar frenéticamente a las tumbas.
—Uta, ya empezó su desmadre.
—Y ya no se va a callar hasta que se vayan los muertos-agregó Mariano.
—¿Muertos?
—Sí, le está aullando a Claudia, qué no ves que está volteando para allá— señaló la tumba vecina.
—Estás pendejo, si Claudia está aquí-respondió tocando la caja.
—No seas güey, ¿qué no sabes que los perros ven las ánimas...?
—¿Quién anda ahí?-gritó don Rubén, mientras se acercaba con su machete en la mano.
—Córrele— ordenó uno de los profanadores.
El guardia vio a dos siluetas ostensiblemente desiguales correr hacia la barda. El chaparro brincó el muro con suma facilidad, mientras que el alto empleó unas piedras como escalera y por poco pierde una nalga con el perro. Don Rubén sólo se limitó a gritar amenazas y chingadera y media a los tunantes.
Ismael no se recuperó en toda la noche del ajetreo y el susto. Se la pasó pensando en cómo le iba a hacer. Poco antes de dormirse le saltó la duda de por qué Mariano dijo que los perros veían las almas. Al día siguiente se lo preguntaría.
—¿Qué, cómo te fue?...Por cierto, ¿por qué dijiste que los perros ven las ánimas?— preguntó Ismael a quema ropa.
—Pues el viejito don Delfino me contó que por sus lagañas podían ver a los muertos.
—Ah, ¿y si uno se las pone, también puede?
—No sé, ¿por?...no estarás pensando en...con las lagañas...Claudia— dijo Mariano atontado por la idea.
—Ni madres, después del susto de anoche, mejor me la jalo-mintió.
Ismael anduvo buscando durante largo rato, a un buen perro callejero que le financiara su pachanga; pero ninguno se dejó. Inmediatamente pensó en la mascota de Mariano. «Ese ladra mucho, sus lagañas han de ser bien efectivas», pensó Ismael. Evidentemente su amigo ya no sería más su cómplice, así que ni se molestó en pedirle las lagañas. Se acercó subrepticiamente a la reja de la casa de Mariano y encontró al perro dormido.
—Ora sí chiquito, con éstas hasta a Dios voy a ver— se dijo mientras le quitaba las lagañas al perro y se las ponía en sus ojos.
«No veo nada, donde no funcionen mato al pinche perro», farfulló Ismael mientras se dirigía al cementerio, con los ojos bien abiertos, como si la muerte estuviera escondida en sus párpados.
Al llegar al panteón, ubicó el lugar de la fuga, ahí debería seguir su escalera. Miró la barda y se dispuso a vadearla tomando como apoyo el muro, tal y como lo hizo su cómplice la noche anterior. Al tercer intento, la panza de Ismael quedó colocada en la parte superior de la pared y sus piernas colgadas. Ismael permaneció en esta posición por la falta de malicia en el arte de saltar , y en espera de que algún espectro se le apareciera.
La noche estaba completamente desolada, los únicos ruidos que entorpecían el silencio sepulcral, eran los grillos y los gimoteos de Ismael, que eran producto de la presión de su barriga con la tapia.
Con admirable paciencia, el espía permaneció algunos minutos inmutable, hasta que vio a Claudia. Era tan clara su imagen, que no parecía ser un ánima y mucho menos estar en pena. «Mira nomás. Mamacita, si no fueras sólo aire», pensó intentando pararse en la barda para bajar y verla más de cerca. Consiguió poner la manos en la pared y levantar el pecho —como una lagartija alerta—, luego colocó su pie derecho sobre el muro y empujó. El aventón fue un poco sobrado e Ismael no hizo la parada necesaria y se fue de filo hasta que su cabeza se topó con la punta de una piedra. Al caer, el cuerpo dio una marometa y quedó inconsciente.
El golpe fue en el hemisferio derecho de su cráneo, y un diminuto hilo de sangre corrió por la frente, que con la ayuda del tabique nasal se encausó hacia el ojo derecho, de donde descendió a las mejillas como una lágrima, que se perdió en la tierra del campo santo. Maquinalmente, Ismael se enjugó la sangre y se llevó también las lagañas.
La visión se redujo a la mitad. Las dimensiones eran menores en un cincuenta por ciento. Ismael se percató de ello y empezó a jugar con sus ojos. Cerraba el derecho y aparecían las frondosas nalgas de Claudia. Lo abría y cerraba el izquierdo y sólo sombras.
—¡Qué pedo, a dónde voy!— dijo Ismael señalando las tumbas.
—¡No veo ni madres!— exclamó palpando sus pómulos.
—¡Las lagañas!- murmuró agonizante, cuando se vio frotando el trasero de Claudia.

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Las anécdotas extrañas no son el único punto desconcertante en la vida de Olash Quintanar. En realidad toda ella es un enigma. Y su creación, que explora la sensibilidad del miedo, es otro misterio que acaricia las cuerdas más profundas en el ser de sus lectores. Abrimos a la mirada del abismo estos dos textos de esta joven creadora que muestran los nuevos territorios de la literatura periféricas en México.
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EL SEPULCRO DEL MIEDO

“Estaba lamentándose, miró su tristeza puesta en el buró. Jaló el cajón, tomó el revolver y termino por derramar su futuro en el suelo. ¡Está muerto!, está muerto...”
—¡Qué pedo!, ¿quién eres tú?
— Soy la muerte.
— ¡No estés chingando!. ¿Qué no ves que escribo un cuento?. Regresa en una hora tal vez para ese tiempo ya me desocupé...
— ¿A caso estas sorda ó ciega?. ¡Soy la muerte!. Se supone que en éste momento tienes que gritar, desatarte en llanto, revolcarte en el suelo... Tener miedo.
— No. No tengo miedo.
— Te lo repito y es mejor que lo sientas... ¡Soy la muerte!
— ¡A que calaca tan terca resultaste!, a caso eres tan pendeja para no entender que no me provocas temor, ¿cómo puedo sentirlo?, si te lo llevaste hace tiempo, fue lo primero que murió en mi, junto con ella. No recuerdas que te posaste frente al sepulcro, tomaste mis miedos con tus manos, saboreaste mi dolor, perturbaste mi vida y complacida te marchaste sin decir nada. No me pidas que tenga pánico... ya pasé lo peor.
— No entiendo, ¿cómo es posible?
— ¡Ah!, siéntate, te contaré una historia. Tengo cigarros y cervezas... ¡vamos con confianza, al fin y al cabo te llevarás mi alma.
Desperté agobiada por una fuerte resaca, sentía mis tripas exprimidas y pegadas, el vacío en la boca de mi estomago se volvió un abismo; por ahí se me han escapado tantos sueños. La resequedad de mis pies llegó hasta mi boca, en ese momento pude haber matado por una gota de agua. Me serví una helada y espumosa cerveza, que resbaló por mi garganta, desvaneciendo mi profunda sed. ¡Ah!, aquella frescura sació mi ansiedad. Me aflojó un par de flemas y me dirigí a mi cuarto para escribir, tenía tanta inspiración.
Repetí una infinidad de veces una melodía de Pixies: Motorway to roswell. Rosi, subió gritando al baño, el dolor estuvo apunto de estallar en su cuerpo, la agonía se apoderaba de ella cada minuto; reflejó sufrimiento y esta vez, no era por papá. Estrepitosamente dejó escapar un sonido inarticulado, se dobló, oprimió su pecho, se levantó, me miró y esforzada dijo: “¡Me voy a morir!”.
Alguien más entró en el cuarto era mi hermana; juntas luchamos para rescatarla de su tormento, tomar su mano, dejarnos atrapar por las alas de aquel libro que solíamos leer y volar al infinito por siempre. Yo sabía como salvarla, me impidieron acercarme a ella; hay veces que no puedo dormir... ¡yo lo sabía! y no hice nada.
*”Last night he could not make it/ he tried hard but could not make it...”
Camino al hospital, traté de animarla: ¿Recuerdas cuando era niña?, me leíste una cantidad impresionante de libros, el primero fue “La Íliada”. ¡Vamos despierta!, aún te necesito amiga mía...”Last night he could not make it/ he tried hard but could not make it...” ¿La recuerdas?, ¡te encanta!
Qué extraña y parabólica es la vida, yo crecí en sus brazos y ella murió en los míos. ¡Oh santo dios ó maldito diablo!, te doy mi vida o la de quién tú quieras, pero no te la lleves ahora.
Sola, en una maldita sala de espera, aquellos segundos iban de la mano con un viejo senil, caminando a sus pasos, tan lentos tan sigilosos como un leopardo apunto de atacar.
— Lo sentimos...— y no quise escuchar más. Esas palabras cachetearon mis sentidos, apuñalaron mi pecho; las fuerzas se escaparon con mis lágrimas deslizándose por mi cuello; un extraño me abrazó y por un instante creí que era ella; sentí sus brazos, su calor... Su amor.
¡Ganó el necaxa!. ¿No sabes en que quedó la novela?. ¡Hay dios mío!, ¿porque te la llevaste?...oiga comadre, ¿cómo se llamaba la difuntita?... tenía tantas ganas de mandarlos a chingar a su madre. ¡Putos!, hipócritas; creo que ellos me dan más lástima que ver a Rosa en esa caja.
Abrieron el ataúd para regalarle el último beso, nunca sentí su piel tan tiesa y fría... aún tengo helados los labios, congela mis palabras; a veces me quedo muda. Ilusamente creí que ella era la bella durmiente y que despertaría con un beso de amor... todos mis sueños fueron inútiles, la tierra se la tragaría en cualquier momento. Traté de impedirlo; vi una línea de sangre escurriendo por su mejilla...
¡Sáquenla de ahí!, ¡está viva!, pensé, di media vuelta, caí al suelo y con el primer puño de tierra le dije adiós a mis lágrimas, el segundo, tercero, cuarto... sucesivamente me despedí de los abrazos por la noche, las lecturas, las pláticas interminables, las tazas de café que solían acompañar los momentos de discusión...
me despedí, de mi mejor amiga.
Papá no tenía el derecho de alcoholizarse en mi casa después de lo sucedido; él y sus amigos bebieron hasta enbruteserse, por mi parte me encerré en el cuarto de Rosi, mirando el rincón donde aún la veía tirada... jamás tuve tanto miedo en mi vida...Quise irme con ella. Encontré una navaja de afeitar y corté la muñeca de mi mano izquierda. No sé cuanto tiempo pasó, desperté en el suelo, puse mis manos a la altura de mi cara y no tenía nada. Insistí en ir detrás de Rosa. Tomé la pistola que guardaba bajo su colchón, la cargué y por último la coloqué dentro de mi boca para así detonar el arma... Abrí los ojos y me encontraba en la azotea de aquella terrible casa. Todavía con vida... ¿Quién se atreve a impedir que vaya tras mi amiga?. Dispuesta a seguir mi cometido, traté de lanzarme hacía los cables de luz; alguien me tomó tan fuerte por la cintura... esas manos, la tibieza de ellas recorrió mi cuerpo, me volví a llenar de vida cuando la vi; agarró mi mano y volamos hacia su tumba... ahí, estabas tú, esperando alimentarte de algo más que de alma de Rosa; juntas mezclamos mis penas, dolores y construimos un sepulcro con mis miedos.
Los tomaste, excitada los paseabas por tu cuerpo, disfrutaste aquel momento, sólo parpadee una vez, te busqué pero ya habías desaparecido. Rosa se acercó a mi, acarició mi cara, besó mi frente y desapareció... finalmente, inmaculada quedó la sepultura de mi amiga, mi confidente...mi madre.
Recobré el sentido, en un cuarto de hospital, con tres puntos y un vendaje en mi mano.
Al contar lo que me sucedió, dijeron que todo fue un sueño, producto de la inconsciencia. Mi imaginación tal vez.
¡Yo sé qué no!. Vi a mi mamá y tú también estabas ahí...

— ¡Basta!, ya no sigas con tus tonterías. ¿Sabes que es lo divertido de mi trabajo?, ¡el miedo!, me satisface el miedo.
— Si haz venido por mi, ¡adelante!, te irás insatisfecha. Vamos que se nos ha hecho tarde, busquemos a mi madre... tengo tantas cosa que contar.
— ¿Qué?. No, no, no, no. Te haz confundido. Jamás dije que te llevaría conmigo, sólo estoy aquí para avisarte, que no mereces el privilegio de morir. Creíste que te librarías de la bombas de tiempo que hay en... ¡Tu mundo!. ¡Ja!, ¿ahora quién es la pendeja?. toma tu sepulcro, tus miedos... son tuyos. ¡Gózalos!.
—¡No!. No puedes hacerme esto.
— Ya lo hice. No te molestaré nunca más. Sigue escribiendo... por que lo harás por siempre.

*”A noche él no lo logro/ él se esforzó pero no lo logro...”
PIXIES
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índice de Creaturas del Abismo...
Paco Ignacio Taibo II:
El enviado ... 5
Los maravillosos olores de la vida ... 7
Alfonso Franco:
Beber de un ángel ... 12
Lluvia en los sueños ... 16
Armando Vega-Gil:
Tercer pode ... 21
Sexto poder ... 39
Juan Hernández Luna:
Las vueltas del sueño ... 46
El banderín de la chivas ... 49
Gerardo Horacio Porcayo:
Murciélagos como mariposas ... 56
Un dulce sueño ... 61
H. Pascal:
Padre e hijo ... 66
Espacios abiertos ... 68
Elizabeth Soriano:
La sombra .... 73
El último grito ... 75
Ana Soto:
Caridad .... 78
Doble AA ... 80
Arturo Flores:
Día de campo ... 83
La muerte tiene diez mil calorías ... 86
Eduardo Honey:
Aburrimiento ... 91
La princesa y el sapo ... 97
José Luis de la O:
Las sombras de Catalina ... 100
Demonios incautos ... 101
Marko González:
Féretro prematuro ... 103
Un cuchillo en la mirada ... 105
Oliver Edén Sánchez:
Las negras rayas del tigre ... 109
108Morir o no morir ... 111
Alejandro Rosete Sosa:
El infinito camino de la sangre ... 114
El altar de Dios ... 116
Fabiola Cantú:
Tigre ... 118
Carnicería ... 120
Daniel Nava Quiroz:
Marquitos ... 122
Despierta al intesticio ... 124
Mauricio López:
Esta noche ... 126
Del otro lado ... 127
José V. Icaza:
Los mitos de Tzots Choj ... 129
Interferón Sigma y el virus de la vida ... 132
José Luis Ramírez:
Jally no es una dama ... 141
Un chico cool ... 152
Carlos López:
Lagañas de perro ... 175
Las redentoras ... 179
Olash Quintanar:
Rudith ... 184
El sepulcro del miedo ... 187
Laura Pírez Torres
Mi condena ... 189
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GILBERTO OWEN, POEMAS
RIVER ROUGE

Cómo llega a pesar un haz de brisa
contra un río sin tacto a la cintura
a estatura de alas cómo rueda de Cristóbal
a ras de todavía corazón
a mil por hora
su voz sin sueño
mi voz sin tiempo
a sueño de constelación
esa mano clava cuatro mil cuatrocientos tornillos al día
y ése escribe la ese de stop ocho mil
y esos cilindros que no han bailado en Chalma ni en Palestina
y una mujer se enciende
duérmete al sur
duérmete duérmete niño Jesús
o es verdad el behaviorismo
y llega el frío llamado Ford
y hay la mirada fría y plana del acero
que nos unta a su espejo sin amor
y cuando salimos tenemos tres dimensiones
pero la tercera es el tiempo no más
cómo duele el haber jugado a ángeles
si ellos no juegan a ser hombres ya.






LA SEMILLA DE LA CENIZA

Angustia sin edad de alguien quemándose entre tus cabellos
Hay demasiados trópicos en la nieve de la colina almohada
(de tu seno
Mañana que me den un alba de limón de perfil lívida
Ya sabré la última curva de tu geometría de espumas
Entonces creceré hasta esa rígida soledad que se afila los
(gritos
En un paisaje irrespirable de fabricas
Qué mensaje seremos yo y ese pájaro sin voz y sin atmósfera
Ahorcados de ceniza en el alambre sobre el árido río de la
(vía
Qué amarilla palabra mortal para qué gozo prohibido
De alguien de pie en el humo del pecado llamándonos para
(nacer
Semáforo a la boca del túnel antes de la catástrofe
Alguien sí por completo sin edad y sin soñar del mar sin
(sueño
Como esos camarotes sin ventanas que sólo han oído hablar
(de él a las olas
Hijo nonato que solo nos sabe por la roja marea de la madre
Así nosotros a Dios por lo que de él nos preguntamos
Apaga tu vigilia y bébeme de llama triangular de tu incendio
Alarga en chimeneas tus cúpulas sin empleo y sea humo su
(leche
Este otoño serán cúbicas todas las frutas y en claro oscuro
Y yo no estaré presente a las cuadraturas de tus ojos
Y mañana habrá otra vez escaleras con un ángel en cada
(estación
Y qué haré para recordar el baile de mis serpientes capicúas.






DEFENSA DEL HOMBRE

Creedme sus amigos que la dejó plantada
sólo a que floreciese otra virginidad más dura en el olvido
madura forma ella que decía más bella que los vicios
creyendo que sus dedos la sabían al dedillo
y todo él era dedos o lenguas en forma de índices en llamas
además si ella era de la carne de vidrio de las fugas
a qué acusar abandono de hogar de hogar en su prosa de pródigo
y a qué oprimirle luego esposa en su pulso
la otra mitad en la muñeca de un detective de Dios
(tan sin modales
cólera de una forma demasiado pura para entender
(a los hombres
o para ser sabida totalmente por los hombres

Qué más era al fin la distancia que gritaba la huída
que el mundo aire que hace la lejanía del pecho a la garganta
si al apretarla entre los labios y el próximo sueño
toda naranja o toda mano es a lo sumo el pañuelo
(en el brazo del tren

Y qué sabía ella de unas noches llamándola
caído en red de brazos y piernas y silbatos de trenes
con sed de alguna sed más seca que su fiebre
escalando ese piano que se queda encendido hasta el alba
(en los barrios
y que aún entango sólo gotea los Ejercicios Para
(Los 5 Dedos de Strawinsky
y que puede el lenguaje de espuma de las sombras
contra tres mil años de mediodía mediterráneo
y unas cuantas gotas de irritable sangre irlandesa.




EL INFIERNO PERDIDO

Por el amor de una nube
de blanda piel me perdí
duermo encadenado al cielo
Sin voz sin nombre sin ser
sin ser voz suena mi nombre
más dónde sueña no sé
que se me enredó la oreja
descifrando el caracol
tras una reja de olas
lo hará burbujas un pez
mas mi boca ya no sabe
la sílaba sal del mar
sílaba de sal que salta
del mar a mis ojos sin
lágrimas que la desposen
y el frío mal traductor
mal traidor ángel del frío
roba mi nombre de ayer
y me lo vuelve sin fiebre
sin tacto sin paladar
contacto bobo del cero
grado que era su inicial
con sus tardes de ceniza
en mi lengua de alcohol
en su verde voz de llama
de menta ahogada en mi voz
con su blando amor de nube
que al orden me encadenó.

.
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.

DISCURSO DEL PARALÍTICO

Encadenado al cielo, en paz y orden,
mutilado de todo lo imperfecto,
en esta soledad desmemoriada
-paisaje horizontal de arena o hielo-
nada se mueve y ya nada se muere
en la pureza estéril de mi cuerpo.

Solo la ausencia. Sólo las ausencias.
a la luz que me ofusca, en el silencio
del aire ralo inmóvil que me envuelve
en las nubes de roca de este cielo
de piedra de mi mundo de granito,
sólo una ausencia viuda de recuerdos.

Pues quise ver la lumbre en las ciudades
malditas. Quise verlas flor de fuego.
Quise verlas el miércoles. Al frente
no me esperaba ya sino un incesto
y el carnaval quemaba en sus mejillas
y el último arrebol de mi deseo.

Aquí me estoy. La sal va por mis brazos
y no llega a mis ojos, río yerto,
río más tardo aún de la cisterna
del pulso de mi sombra en el espejo,
camino desmayado aquí, a la puerta
de mi Cafarnaúm, allí, tan lejos.

No ser y estar en todas las fronteras
a punto de olvidar o recordarlo todo totalmente.
en mi lenguaje de crepúsculos
no hay ya las voces mediodía, ni altanoche, ni sueño.

Por mi cuerpo tendido no han de llegar las olas a la playa
y no habrá playas nunca,
y por mí, horizontal, no habrá nunca horizontes.

Hosco arrecife, aboliré los litorales.
Los barcos vagarán sin puerto y sin estela
-pues yo estaré entre su quilla y el agua-
40 noches y 40 días,
hasta la consumación de los siglos.

(Si tuviera mis ojos, mis dedos, mis oídos,
iba a pensar una disculpa para cantarla esa mañana)

Venganza, en carne mía, de la estatua
que condené para mi gula al tiempo,
a moverse, olvidada de sus límites,
a palabras de vidrio sus silencios.
Venganza de la estatua envejecida
por el flácido mármol de su seno.

Y Conventry. La lumbre de mis ojos
en los ijares lánguidos hundieron,
Lady Godiva que se me esfumaba
muy nube arrebatada por el viento,
y era Diana dura, o sus lebreles,
o la hija de Forkis y de Ceto.

Por que yo tuve un día una mañana
y un amor. Fino y frío amor, tan claro
que lo empañaba el tacto de pensarlo.

Vi al caballo de azogue y al pez lúbrico
por cuya piel los ríos se deslizan,
lentos para su imagen evasiva.

Y tendría también un nombre, pero
no logró aprehenderlo la memoria,
pues mudaba de sílabas su idioma
cuando las estaciones de paisajes.

Aún canta el hueco que dejó en mi mano
la translúcida mano de su sombra,
y en mi oreja el mar múltiple del eco
de sus pausas aún brilla.

Huyó la forma de su pensamiento
a la Belén alpina o subterránea
donde los ríos nacen, y velaron
si signo las palomas de Diodona.

Y una voz en las rutas verticales
del mediodía al mediodía por mis ojos:

”Cuando el sol se caía del cielabril de México
el aire se quedaba iluminado hasta la aurora.”

”Las muchachas paseaban como cocuyos
con un incendio de ámbar a la grupa,
y en nuestros rostros de ángeles ardían canciones de alcoholes
con una llama impúdica e impune.”

”Nuestras sombras se iban de nosotros,
amputaban de nuestros pies los suyos
para irse a llorar a los antípodas
y decíamos luna y miel y triste y lágrima
y eran simples formas retóricas.”

(¿No recuerdas, Winona, no recuerdas
aquel cuarto de Chelsea? El alto muro
contra los muros altos, y las cuerdas
con su ropa a secar al are impuro.

Y el río de tu cuerpo, desbordado
de luz de desnudez, y más desnuda
adentro de sus aguas, tú, y al lado
tuyo tu alma mucho más desnuda.

Y recuerda. Winona, aquel instante
de aquel estío que arrojó madura
tu cereza en la copa del amante.

Y el grito que me guiaba en la espesura
de tu fiebre, y en mi fiebre calcinante
entrelazada a tu desgarradura.)

Pero la tarde todo lo diluye.

La luz revela sus siete pecados
que nos fingieron una salud sola
y oímos y entendemos y decimos
las blandas voces que a la voz repugnan:
lágrimas, miel, candor, melancolía.

Por que la tarde todo lo dispersa.

Todas las mozas del mundo destrenzan sus brazos
(y acaba la ronda,
a las seis de la tarde se sale de las cárceles
y están cerradas las iglesias.
Nada nos ata a nada
y, en libertad, pasamos.

Mirad, la tarde todo me dispersa.

Que ya despierte el que me sueña.

Va a despertar exhausto, Segismundo,
un helado sudor y un tenebroso
vacío entre las sienes. Pero el premio
que habrá en su apremio de sentirse inmóvil...

Alargará las manos ateridas
y de su vaso brotará la blanca
flor de la sal de frutas. Y en cien gritos
repetirá su nombre y todo el día
saltará por los campos su alarido.
Y por la noche ha de llegar exhausto,
mas no podrá dormirse, Segismundo.

Que ya despierte. Son treinta y tres siglos,
son ya treinta y tres noches borrascosas,
que le persigo yo, su pesadilla,
y el rayo que le parta o le despierte.
Quien lo tiene en sus manos me lo esquiva.




CLAVE

Donde el silencio ya no dice nada
porque nadie lo oye; a esta hora
que no es la noche aún sino en los vacuos
rincones en que ardieron nuestros ojos;
donde la rosa no es ya sino el hombre
sin rosa de la rosa y nuestros dedos
no saben ya el contorno de las frutas
ni los labios la pulpa de los labios,

grita Elías (arrebatado en llamas
a cualquier punto entre el cielo y la tierra)
grita Elías su ley desacordada
en el viento enemigo de las leyes:

”Cuando la luz emana de nosotros
todo dentro de todos los otros queda en sombras
y cuando nos envuelve
¡qué negra luz nos anochece adentro!”


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LABERINTO DEL CIEGO

Alzo mi rosa, pero no por mía
ni por única, azul, sino por rosa.

Me fuese ajena, no sufriese prora
vaga en mis mares íntimos su espina;

cantasen sus hermanas todavía
en mi jardín destartalado; bocas
sin mi elección midiéranla católica,
por rosa, enigma y luz, la elevarían.

Muchos me dicen que no
¡Quién lo sabe mejor que yo!

Pues corrí, no alcancé sino su sombra
o en mi prisa creía que la alcanzaba,
o soñé que corría tras su forma.

En Sinaloa no me vieron niño
y sí me hallaron teólogo en Toluca,
y sí decían: védle ya tan lóbrego
y apenas tiene quince,
y sí decían: cien paisajes nuevos
cómo le lavarían la sonrisa.

Védmela aquí, de pan recién partido
sobre la mesa de los siete lustros,
pero mi sueño, ay, de aquella sombra
todavía me alarga la vigilia.

La luz se vino hoy tan desnuda,
disfrazada de sólo luz.
Sin sol, o nube, o luna, o aire,
monda y lironda luz.

No de la lumbre y su pasión espesa,
ni de los dientes de la dicha, ni
de la aurora y su escándalo de frases:
hoy la luz vino de luz.

Tan dura, y se deshace entre mis dedos,
no me ensordece su fulgor
y apenas si me hiere su reposo.
¡No iluminadas y luminosa luz!

Tan largo viaje por el cielo
y no saber a azul,
y tanto andarse por las ramas
y no oler a nada mi luz.

Y haberse caído a mis ojos
sin pintarse de sal.
Y andar tan ágil por mi alma
mi nictálope luz.

Me vería hacia fuera, pero adentro
esté vació no me deja hallarme.

Hubiera algo, con luz o a oscuras lo vería,
fuese solo una sombra soñada en las arenas,
que cayese la noche en su desierto,

o que fuese la noche sin nadie y in desierto,
con un poco de aire para hacer las distancias,
o que fuese la noche con un poco de nada,
pero es la nada sola y desolada.

Este aire, pues llegó tan terso,
vendría de rodear la piel
del sueño no soñado. (Porque
los otros no los cuento ya.)

Estaba pensil de una rama
y estaba maduro y no lo mordí.
(Al mediodía, dije, cuando el árbol
sea menos alto que mi sed.
Y bien sabía el bosque prestimano
que no iba a encontrarlo después.)





REGAÑO DEL VIEJO

Conmigo a mi lado
y sentirme solo.
Tan fiel compañía
que me fui yo.
Pílades.


Pájaros de muchachas con la cabeza a pájaros,
el vuelo puro, por volar, y el canto
sin número, ni sones, ni palabras.
Cántaros de lecheras sonámbulas. Narciso
sin espejo y ya flor en el estanque.
Tréboles de seis hojas que siguen siendo tréboles.
Amor que es tan amor que, frío, sigue siéndolo,
como el sudor helado de este lecho palúdico.

(A veces, Ruth, a veces
sin tu fluvial tersura aquí, a mi lado,
mis nervios gritan y se rompen en esdrújulas.)

Zirahuén le rodeaba de redes y de sol.]
En su luna aprendió la O por la cuadrada,
porque en la tarde la escribía con C.

A sangre y fuego, al filo de corazón, entraba
a las auroras descotadas y húmedas
que volvían del vicio después de amanecer;

sordos y ciegos, íbamos, seductores de nubes,
y él se uncía a mi rueda alegremente
cuando nos tocaba perder.

Y éramos uña y carne en el dedo divino,
pero lo he sobrevivido tanto
que su nombre ya no lo sé.

Rosa de Lima, seda que me asfixias
aún, en el recuerdo de aquel ópalo
que ponía tu clave en m meñique.
Las horas te mudaban doce rostros,
pero te veo la última, que tuvo más minutos que ninguna.
Ojos de asombro, y boca de oh de eterno asombro
y duro y blanco al susto de los senos
al caerte sin fin de tu gozo a mi pozo.

Las manos sabias saltan en su jaula sonora
y el perseguir la ruta de peces incoloros
por tu cuello,
me roba tu garganta. Y no escucho.

Y no sé si has llorado, pero todo,
todo cabe en mi piedra del meñique
y todo llega al llanto de su fondo.

Por vivirte me olvido de mi vida,
Rosa de Lima que me amaste otro.

Qué me escribe ese vuelo de palomas
en su pizarra borrascosa –quién
lo guía, roto en pulso, por mi viento-,
-por qué esta y no otra noche hubo de hablar.

El amor cabizbajo, la sed sórdida,
la enconada memoria del nacer
indeclinable y terco a tantas vidas
-y es tarde, y no aquella de morir.

No aquella, submarina, con guirnaldas
de abrasadores brazos, y de pies
lánguidos para el viaje entre corales,
y con la luz de burbujas en la voz.

No aquella atardecida tarde rosa
del ademán recóndito al partir.
No aquella en que yo hubiera descifrado
su vuelo, y el regaño de mi faz.

Blando y amargo en hiel me desintegro,
o, peor, en miel de égloga, me humillo.

(La niña juega con su corderillo:
un candor solo contra el cielo negro;
en los cuatro ojos brilla el mismo brillo
y en balido y en risa el mismo allegro.
-La niña juega con su corderillo
y llora que se lo ha encontrado negro.)

En hiel, por los que beben de las lácteas
Susanas entrevistas en la fuente,
bajo los viejos árboles fisgones,
que estiran sarmentosas lenguas a acariciarlas.
Por Filemón, que huye de su tilo
y en su lasciva vegetal rejuvenece
y pasa con dos jóvenes encinas en los brazos.
Y la hiel en mis piernas, que estrangulan
a Sinbad con recuerdos y ciencia e impaciencia.

Que es hora de Orestea y de mi víbora.






BOOZ CANTA A SU AMOR

Me he querido mentir que no te amo,
roja alegría incauta, sol sin freno
en la tarde que sólo tú detienes,
luz demorada sobre mi deshielo.
Por no apagar la brasa de tus labios
con un amor que darte no merezco,
por no echar sobre el alba de tus hombros
las horas que le restan a mi duelo.
Pero cómo negarte mis espigas
si las alzabas con tan puro gesto;
cómotemer tus años, si me dabas
toda mi juventud en mi deseo.

Quédate, amor adolescente, quédate.
Diez golondrinas saltan de tus dedos.
París cumple en tu rostro quince años.
Cómo brilla mi voz sobre tu pecho.
Óyela hablarte de la luna, óyela
cantando lánguida por los senderos:
sus palabras más nimias tienen forma,
no le avergüenza ya decir "te quiero".
Me has untado de fósforo los brazos:
no los tienen más fuertes los mancebos.
Flores palúdicas en los estanques
de mis ojos. El trópico en mis huesos.
Cien lugares comunes, amor cándido,
amoroso y porfiado amor primero.
Vámonos por las rutas de tus venas
y de mis venas. Vámonos fingiendo
que es la primera vez que estoy viviéndote.
Por la carne también se llega al cielo.
Hay pájaros que sueñan que son pájaros
y se despiertan ángeles. Hay sueños
de los que dos fantasmas se despiertan
a la virginidad de nuestros cuerpos.
Vámonos como siempre: Dafnis, Cloe.
Tiéndete bajo el pino más erecto,
una brizna de yerba entre los dientes.
No te muevas. Así. Fuera del tiempo.

Si cerrara los ojos, despertándome,
me encontraría, como siempre, muerto.





MADRIGAL POR MEDUSA

A José Vasconcelos

No me sueltes los ojos astillados,
se me dispersarían sin la cárcel
de hallar tu mano al rehuir tu frente,
dispersos en la prisa de salvarme.

Embelesado el pulso, como noche
feliz cuyos minutos no contamos,
que es noche nada más, amor dormido,
dolor bisiesto emparedado en años.

Cante el pez sitibundo, preso en redes
de algas en tus cabellos serpentinos,
pero su voz se hiele en tu garganta
y no rompa mi muerte con su grito.

Déjame así, de estatua de mí mismo,
la cabeza que no corté, en la mano,
la espada sin honor, perdido todo
lo que gané, menos el gesto huraño.

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